Artículo de opinión de Gustavo Matos Expósito (Portavoz del Grupo Municipal Socialista en el Ayuntamiento de La Laguna)
Los ciudadanos y ciudadanas tienen derecho a exigir a sus representantes, a quienes han sido elegidos por ellos para dirigir las instituciones, que trabajen para sacar a nuestra sociedad de una situación muy complicada, posiblemente la más delicada desde el punto de vista económico que ha vivido occidente desde el crack de 1929 o desde la finalización de la Segunda Guerra Mundial. Ciudadanos y ciudadanas que hasta ahora vivían ajenos a la política, han vuelto sus ojos hacia las instituciones en busca de soluciones, y se han dado cuenta de que la política con mayúsculas es mucho más importante de lo que pensaban hace sólo unos meses. La política, por tanto, como la actividad encaminada a la gestión del bien común y como instrumento par resolver los problemas sociales, vuelve a la primera línea. En este sentido, los ciudadanos y ciudadanas están cumpliendo a la perfección lo que se espera de ellos en este momento. Una sociedad madura democráticamente, que sabe tener paciencia infinita, que asume el reto con responsabilidad, una sociedad que no ha generado una conflictividad pública, pero que exige a sus representantes altura de miras.
La pregunta que a continuación debemos hacernos es si los representantes de estos ciudadanos y ciudadanas estamos sabiendo estar a su altura, a la de aquellos que nos han elegido, o no. Mi opinión personal es que, en general, los representantes públicos no estamos en estos momentos respondiendo a esa madurez democrática que está demostrando la ciudadanía, que no estamos a la altura de esos millones de españoles que miran a sus instituciones buscando a otros ciudadanos como ellos capaces de afrontar el reto con altura de miras, y que en algunos casos el panorama que les trasladamos es simplemente desalentador. No entraré en visiones de partido, para precisamente no contribuir a esa imagen, aunque como comprenderá el lector tengo mi propia opinión de quién está contribuyendo en mayor medida a trasladar esta sensación a los ciudadanos, y que no es complicada de intuir aunque me la guardaré para otra ocasión.
A mi parecer, la situación es tan excepcional, por inusual, que el principal problema al que nos enfrentamos los que ahora representamos en uno u otro sentido a los ciudadanos, es que no estábamos preparados para algo así. No pensábamos que nos tocase lidiar desde la política con situaciones socio económicas tan complicadas. Pensábamos simplemente que eran cosas del pasado, una etapa superada, y que ahora nos tocaba hacer política en la sociedad de la prosperidad, de la abundancia. Me explico. La mayoría de los actuales representantes públicos hemos aprendido y hemos sido educados en una determinada forma de hacer política, de confrontación, de partido, de buscar la erosión del rival político, de apartar la posibilidad de acuerdos con nuestros opositores porque de esa manera electoralmente podíamos correr el riesgo de obtener menos apoyos, de diluirnos con el adversario y perder nuestro espacio político con el que los ciudadanos se podían referenciar. Un modo de hacer política en el que el acuerdo está mal visto, mal valorado y es de políticos débiles. Con el riesgo incluso de perder apoyo interno en nuestras organizaciones bajo la etiqueta de colaboracionista. Pensábamos en las siguientes elecciones.
Nuestros abuelos y nuestros padres políticos vivieron en épocas mucho más convulsas, más complicadas y desde luego socialmente mucho más duras. Supieron afrontarlas y salir de ellas. A veces traumáticamente, a veces mediante el diálogo. Por eso la actual situación nos pone a prueba como generación política.
Pero la situación ha cambiado tanto en tan poco tiempo, que ahora en mi opinión los ciudadanos lo que exigen es todo lo contrario. Rechazan el partidismo puro y duro, la confrontación sin sentido con el rival, la imposibilidad de llegar a acuerdos, la intransigencia y la actitud de erosión permanente del rival político. Es tiempo de arrimar el hombro, de aparcar las diferencias, de buscar los puntos de acuerdo. De poner por delante las coincidencias, de hacer sacrificios partidistas, de huir del titular fácil. Han regresado los tiempos de la política con mayúsculas, y por ello, quienes representamos a esos millones de ciudadanos, maduros democráticamente, que nos miran exigiéndonos soluciones, quieren vernos sentados en torno a la idea común de superar la situación social y económica en la que nos encontramos y de la que ellos no tienen responsabilidad alguna. Es el tiempo de pensar en la próxima generación y no en las próximas elecciones. Por lo que a mi respecta, estoy dispuesto a ello.


